Esperar ese
caballero majestuoso en su corcel, con buenas prendas, alhajas y regalos,
dispuesto a llevar a esa damisela a su castillo, sacándola así de su vida de
miserias y enredos no es simplemente una fábula, sino el gran error, insertado
por la comodidad, del inconsciente colectivo femenino.
No existe
príncipe azul que convierta a la plebeya en princesa.
Ni
princesas escondidas en los cuerpos de plebeyas.
Simplemente
siempre van a ser eso. Siempre.
Llevar una
vida de errores, tropiezos y caratularlos con “No era mi príncipe azul” es
solamente el folio de la mediocridad en una carpeta de fábulas.
Es una fantasía
aburrida, monótona e idiota.
Un príncipe
azul es aquel que es capaz de dejar su reino y sus súbditos para volverse un
plebeyo, al lado de esa plebeya que ansía, en el fondo, alguien como ella.
Una
princesa es aquella que es capaz de, codo a codo, construir un reino como
sirvienta.
Tomar una
persona y llevarla a un reino con castillos, sirvientes y darle todo en
bandeja, no es una definición de amor. Es una cursilería de un camino fácil.
Armar un
reino sin lacayos, construir un castillo que se desmorone mil veces y
levantarlo mil una, servir y atender a un plebeyo como si fuera un príncipe,
mirarla con ojos de princesa sabiendo que no lo es, ampliar el linaje solamente
por amor y no por la cantidad de tierras que se puedan conseguir. Eso es un
reinado.
Amar al
plebeyo y a la sirvienta solamente por ser lo que son. Y si ese amor genera que
se construya un reinado sin coronas y sin la necesidad de estar esperando una
salvación que las saque de esa vida que a todos les tocó, es un buen cuento de
hadas. Y seguramente con un final feliz.
Los príncipes
y princesas existen. Y se los puede reconocer en una balanza, que marca el peso
de 21 gramos .
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