miércoles, 1 de abril de 2015

Una historia de amor

“Marcar” – Hola, ¿donde estás? - Y el nudo en la garganta se hizo presente en segundos, los nervios, una adrenalina imposible de disimular. Un laberinto presente que en vez de buscar salida buscaba encuentro.

- No te veo – Aunque en sus inconscientes se conocían de memoria, se reconocían desde adentro, desde lo más profundo de sus seres, desprotegidos, hasta ese momento, en el que una caja de cristal prometía protegerlos, para siempre.

Un centro con un haz de luz, una esquina peligrosa, causante de un choque de miradas, reconocimiento de la escena del crimen de la muerte por amor. Sensación de camisa de fuerza del otro, en uno, no queriendo soltar nunca más, quedándose ahí, sosteniendo las espaldas con las palmas, enredando sus cordones de plata hasta anudarse y así, nunca más, soltarse.

Sus primeros pasos juntos, uno al lado del otro y ya parecía que habían caminado toda la vida juntos. Casi todas las vidas, juntos.

El aroma del café se mezcló con su perfume, el cual ya estaba impregnado en lo más profundo de su Yo. Volviéndose parte de su cotidianidad.

Al unísono se dieron cuenta de esos acordes que sonaron en la radio. Esa magia musical que hizo una pequeña pausa entre nerviosismo para hacer otro tilde, en la lista de cosas blancas.

Acercó lentamente sus manos por detrás de su sombra, apretó fuertemente por los costados, giró y la inercia hizo todo el trabajo. Dejarlos frente a frente, a milímetros de seducción. La tersura del reflejo de su cuello, libre al universo, ese espacio único en donde se unían sus ganas y sus ansias con las de ella.

Las manos rozaron el contorno de su cintura, hecha con el molde exacto para los brazos de él. Suavemente, sus yemas acariciaron su cuello,  el aroma de su piel, ese maldito huésped que seguía instalándose en el centro del sistema olfativo para no irse por un largo tiempo.

Sus ojos se posaron en los de ella, sus ojos acompañaban el color del cielo, lo cual no era ironía, ella era su cielo. El, con sus ojos marrones tierra, con la sensación de ser su cable a la misma, ahí, posados sobre los de ella, mostrándole toda esa explosión de sensaciones que había en sus pupilas.

La muestra perfecta de que se podía manipular la naturaleza; eran ellos.

Tierra y cielo, ahí, a centímetros de distancia.

Sus manos se separaron de su cintura casi obligadas por la necesidad de tomar su cara, suavemente, acercarla a la suya para sentir su aliento cerca y así, besarla, suavemente, sintiendo cada una de las sensaciones que jamás habían sentido. Un vértigo mezcla de escalofríos y temblores que no solo hacían vibrar sus cuerpos, sino que creaba todo ese microclima que conseguían al estar así, juntos, ellos dos.

Los besos disparaban electricidad entre cada mordida de labios, entre sonrisas nerviosas, entre la humedad de esas lenguas sedientas del otro, jamás saciadas. Las manos tensas, sosteniendo ese pilar virgen, en donde su boca fue a descansar, respirando su perfume.
La respiración; montaña rusa con pasaje solamente de ida, en loop interminable de adrenalina, rogando por repetir, una y otra vez. El cuerpo en un sismo constante, que solo confirmaba la confirmación de lo que ya se había confirmado, tiempo atrás. El corazón amenazando con golpes estrepitosos el hecho de querer escapar, para quedarse en el otro, a vivir, juntos.

Alimentaron sus almas, sus cuerpos, sus ángeles y demonios con charlas de café. La verborragia tenía cortes abruptos donde la boca seguía gesticulando, pero sobre la boca del otro. Generando una atmosfera envidiable para aquellos que eran testigos de una de las historias jamás contadas, en donde el destino, ya escrito, se volvía realidad y no solo una fábula más de amor.

Sentían que vivían una película de ciencia ficción, en donde al trailer de la misma lo convirtieron en una película de adultos, encerrados en el baño de lo que fue su primer lugar.

Las luces marcaban las perlas de sudor, los brazos agarrando todo registro de lo que fuera la piel y más de cada uno. Fotografiando con el tacto cada centímetro de ellos. La incomodidad era la comodidad de la lujuria de ambos, desesperados por conseguir respirar el aliento del otro, saciar la sed de uno con el otro. Sentirse en y la profundidad. Los espasmos y la respiración agitada, los nervios de la pasión, del amor, de la sensación de perfección, la mirada de los dioses sobre dos dioses ardiendo en una hoguera de hormonas, completamente merecidas. El palpitar de una bomba a punto de explotar, dejando nada alrededor con la onda expansiva.

El sexo en sus bocas, Su boca en el sexo de él, el gusto a sexo, compartido entre ellos, sus bocas sexo eran.

La adrenalina tenía aroma a mezcla, de ambos.

Comenzaba la mejor película protagonizada solamente por ellos dos, que se olvidaban de respirar entre toma y toma.

Tomados de la mano, dejando que todo alrededor desaparezca, y en ese ecosistema perfecto, el de ellos dos, juntos, asumieron el mejor de los contratos, el de volver realidad aquello por lo que habían venido, por lo que habían sido creados. Uno para el otro. El sello de la realeza fueron sus lágrimas, producto de nuevos sentimientos descubiertos, resultado de la magia, eso que a veces no tiene explicación.

Palideció la luz del sol, de a poco, marcando el final del encuentro, el comienzo de un final, juntos. Firmaron en el papel con sus nombres, fecha y con un Te Amo combinado con la fusión de sus dos cuerpos expuestos a un abrazo que nunca debería haber terminado, marcando el disparo, para el punto de partida de algo eterno.

Continuara…

Eternamente. 

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