La sensación
sofocante de esa escalera que te transporta a un mundo subterráneo. Un mundo
distinto al que conocemos, en donde vamos debajo de los pies del resto pero sin
la sensación de ser pisoteados.
Un canal de
comunicación, con distintos emisores y receptores, que te lleva a distintos
lugares. Algunos conocidos, otros extraños
Un lugar de de paso, de encuentro con uno
mismo, de compartir sin hablar. Un espacio de reflexión y de mundos musicales
en los oídos.
La
chicharra avisa el comienzo de ese mecanismo de fricción…
El brillo
resplandece sobre los rostros, dejando al descubierto los ojos inquietos que se
mueven de acá para allá, subiendo y bajando.
Las manos
inquietas, los dedos al compás de un par de acordes acompañados por esos pies y
piernas inquietas marcando los tiempos de una canción. Las mímicas de esos
cantantes vergonzosos, esos bailarines de cabeza.
Las miradas
perdidas, que de repente se encuentran en otros ojos distintos. La sensación de
miedo, ese malestar inocente, al sentirte un fisgón de mariposas en la panza.
Esa curva a 180 Km
por hora de la vista, cuando de repente, sus ojos se posan en los tuyos. Esa
vergüenza de no ser correspondido que te hace esquivar el encuentro.
Las frases
por la cabeza, la imaginación vuela, escenas de películas de amor y romance,
intenciones invisibles, sensaciones ocultas, latidos que marcan un que se yo,
no hay diccionario que te de las palabras para hablar.
Un ping
pong de miradas silenciosas mezcladas con muecas de inseguridad, sabiendo que
quizás ambos dejan pasar la oportunidad. Una oportunidad que se renueva
constantemente, ya que el amor, a veces, suele ser pasajero.
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