miércoles, 21 de septiembre de 2016

Carta abierta a la mujer

“Usted es un hombrecito, no puede llorar”.

Y así, con ese lema, nos criaron a los que venimos de la vieja escuela.

Nos criaron toscos, sin demostración de cariño, ásperos, poco anfitriones, duros y cavernarios. Una fiesta era esa palmada en la espalda que suponíamos que significaba un “buen trabajo” pero sin palabras.
Nos enseñaron que hay que sentarse a la mesa, no que hay que ponerla. Nos dijeron que a la mujer se la cuida, no que se la atiende. 
No nos enseñaron a ser amables, nos dijeron que hay que ser cordiales. Nos enseñaron el respeto de una manera agresiva, en donde no se habla de lo que se siente, que es una falta de respeto al género.
Que la vida es dura. Y difícil. Que lo único que importa es el trabajo. Que la diversión no es un derecho, sino un privilegio. Que si no te rompes el culo, no vale la pena. Que lo fácil no es gratificante. Que mientras más reo mas hombre.

Y que difícil que es dar vuelta eso, con los años. Siempre discutí de la “esencia de las personas” que es una excusa. Y si, lo es.

Hoy estamos en una sociedad en donde la mujer cambió su rol. Quiere ser igual al hombre, en todos los sentidos. Y no me parece mal..

Sin embargo, en una sociedad en donde se aplaude a la mujer por comenzar a mostrar una actitud más rudimentaria, casi cavernícola como el hombre, al hombre se lo crucifica por intentar modificar su “vieja escuela”

Un hombre que llora es un maricón.
Un hombre que expresa los sentimientos es un histérico.
Un hombre que decide cuidar su imagen es minitah.
Un hombre que está atento a necesidades de su pareja o la prefiere antes que algo más trivial, es un pollerudo.

¿Saben lo difícil que es para una persona de las cavernas luchar contra la esencia y pelearse consigo mismo para poder salirse de esa escuela?

Estamos condicionados a ser piedras.

Estamos criados para ser personas que no sufren.

Estamos marcados al nacer para ser pilares.  

Estamos obligados a no caernos.

Estamos esclavizados a los azotes.

Estamos destinados a no dudar.

Estamos estigmatizados a no sentir.

No sean maestras de la vieja escuela, ustedes también.

Valoren cuando nos salimos a veces del molde y les mostramos un poco de debilidad.

Es el único momento en donde solo buscamos la compensación de tan gran esfuerzo.

No ser lo que fueron nuestros ancestros es, a veces, el trabajo más difícil de un hombre.